La Historia de Marit (María Magdalena)

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Una canalización de febrero del 2012 que se complementa con una reciente entega de Marit (disponible en los Tracks de El Regalo del Amor, El Regreso de ADAM) sobre su vida como María Magdalena.
Pilar Acevedo
Marit (María Magdalena)
28 noviembre 2015

¡Shalom, querida familia! ¡ Shalom!


¡Que la paz sea con ustedes! ¡En sus corazones, en su vida, en su pensamiento!
¡Shalom!
Yo soy María, conocida también como María Magdalena, la Magdalena, María de Magdala… pero hoy seré para ustedes, mis amigos, Marit.

He pedido expresamente que se me conceda este espacio para hablar del amor porque verán, éste es un tema que me apasiona. Después de todo pasé mucho tiempo al lado del que ha sido llamado el Gran Maestro del Amor.


Me gustaría decir que él hizo del amor un arte; que vivió y enseñó el Amor, así, con mayúsculas. Pero sé bien que él diría que fue él quien aprendió el Amor, con mayúsculas, de los más grandes maestros del amor; ustedes.

A su lado, juntos, nos convertimos en unos “estudiosos” del amor. Es por eso que, en total humildad y acompañada por nuestro amado Yeshua, venimos hoy a ofrecerles de vuelta lo que de algún modo ustedes nos han mostrado y juntos hemos aprendido.

Venimos a platicar del amor, a compartir ideas, historias y descubrimientos porque, aunque parezca difícil de imaginar, ha sido en la magnífica experiencia de la Tierra que el amor ha cobrado sus dimensiones más extensas, multidimensionales, bellas y profundas.

Puede ser que les resulte extraño pero antes de la Tierra el amor en los otros reinos era un poco… plano, a falta de una mejor expresión. Era como ver una película en blanco y negro y sin sonido. Lo dábamos por hecho y en cierto modo sólo podíamos adivinar lo que contenía, lo que decía. Porque si bien todo fue creado en amor y por amor lo cierto es que aún no comprendíamos lo que Amor significaba. No imaginábamos lo que significaba vivir el amor.

Podríamos decir que el amor era solo una energía pero aún no había sido del todo UNA EXPERIENCIA. Sus verdaderos colores, su profundidad, sus sonidos, sus formas y texturas… eso fue la experiencia de la Tierra. Ahora, el amor es como una película 3D con miles de efectos, colores, formas, sonidos y música de fondo.

No puedo siquiera empezar a describir la diferencia. Es como viajar en montaña rusa y con fuegos artificiales en lugar de simplemente caminar en silencio. Todos los sentidos, los físicos y los espirituales se llenan, se enajenan con el amor y después ya nada se le compara. Nunca lo había visto así pero creo que tendría que decir que el amor, gracias a la Tierra, es adictivo. Pero, querida familia, resulta que a veces también ustedes, los maestros del amor, se sienten perdidos. Perdidos en la experiencia humana del amor que tantas veces resulta sobrecogedora.


Por eso estamos aquí, solicitando este espacio de amor, para hablar del amor. Queremos compartir con ustedes si nos lo permiten y tal vez traer un poco de claridad desde la perspectiva de los dos lados del velo.


Pero antes de entrar en materia y para efectos de esta serie de charlas, queremos pedir que se incluyan aquí las palabras que nuestro querido amigo Kuthumi les dirigiera con motivo de la Navidad. Creemos que es un excelente principio, una especie de preludio para esta serie.


Lo primero que diré del amor es que solo puede hablarse de él en primera persona porque para cada quien el amor es algo único. No es posible explicarlo ni describirlo, solo puede ser experimentado. Por eso, hoy  quiero hablarles un poco de mi propia experiencia, de mi historia, porque  verán, hay tantas cosas que nadie sabe de mí, de la verdadera persona de Marit.


Todo el mundo tiene una idea diferente y se asumen tantas cosas respecto de esta figura un tanto misteriosa de “María Magdalena, la compañera de Jesús”. Y a mí me resulta un poco gracioso porque justamente tiene que ver con mi historia el hecho de que existan tantas historias sobre mí.
¿Será ella la prostituta? ¿Será María la esposa de Jesús? ¿Se casaron en secreto? ¿Será María aquella que lavó los pies de Jesús? ¿Será María Magdalena y no la madre de Jesús la figura que el cristianismo traduce como la Virgen María? ¿Era culta y de familia noble? ¿Tuvieron hijos? De todas las advocaciones de María, ¿cuál o cuáles representan en realidad a María Magdalena?


Es un lío, porque deben saber que todos los que tuvimos la oportunidad de vivir y compartir aquellos días maravillosos  fuimos arrastrados en los anales del tiempo hasta convertirnos en figuras de leyenda, decoradas por la imaginación humana, todos nosotros. Incluido el propio Yeshua.
Y todos fuimos rodeados por los mitos y las historias que han crecido en la voz popular y que nos han convertido en estos seres arquetípicos. María Magdalena, esa “María”, contiene mucho de la energía que todos ustedes mismos le han regalado y atribuido a lo largo del tiempo y yo la amo y todos ustedes la aman también.


Gran parte de mi está en ella como está en todas las Marías; en todas las Marías de la conciencia, ahí estoy yo y ahí están ustedes con su amor. E iré más allá al decirles que en todas las “Marías” está también nuestra amada Isis, la madre, representando y sosteniendo las energías del sagrado femenino. De esa energía preciosa que nos envuelve con amor, que es una madre, una confidente y una amiga. Isis que con su infinita compasión ha enjugado durante siglos y siglos y siglos las lágrimas de las emociones incomprendidas de los seres humanos.


Yo soy un poco de ellas, ellas son un poco de mí. Pero seamos amplios en nuestro criterio el día de hoy y permítanme diferenciar a la María que les habla ahora; a Marit. Yo soy y fui una persona de carne y hueso como todos ustedes, un ser humano lleno de encuentros y desencuentros conmigo misma. Hasta que tuve la fortuna de tener el encuentro máximo: el encuentro de mi misma, el verdadero encuentro de mí.


¡Ajá! Sé que todos pensaron por un momento que iba a decir mi encuentro con Yeshua, pero no. El encuentro máximo, fue el encuentro de mí. El encuentro con Yeshua es otra historia, aunque profundamente vinculada, porque fue Yeshua  quien me enseñó cómo hacerlo; cómo encontrarme a mí misma.  


El me regaló con la experiencia de Shalom, lo que ustedes hoy llaman el espacio seguro, el lugar de paz, de compasión. El lugar en donde nada de lo que yo había experimentado antes pesaba en mi consciencia, en donde todo estaba bien. El lugar en donde pude encontrarme de nuevo con el amor y conmigo y así entonces, ser como él.


Porque deben saber que es sólo en ese lugar, juntos, en el mismo lugar de conciencia, que podíamos realmente encontrarnos. De otro modo él era un Dios, hablando con un humano. Tenía que convertirme en un Dios para hablar con un Dios y eso fue lo que ocurrió; me convertí en un Dios igual que él, un Dios encarnado. Y sólo ahí, en ese momento, verdaderamente nos encontramos, en una expresión del amor difícil de describir. Un amor bañado de Shalom.


Así que hoy, querida familia, quiero hablar un poco de mí, porque hablar de mí y narrarles algo de quien en realidad fue esa persona, me ayuda ahora a entrar más cerca, a sentarme entre ustedes y poderles llamar familia ¿ven? Porque ustedes y yo somos familia. Nos conocemos desde hace eones y juntos, con el amor y el apoyo constante de ser una familia, hemos caminado el camino de la Tierra.


Y es que cuando venimos así, desde el otro lado del velo, a hablar con ustedes pareciera que los que hablan son estos seres distantes y ajenos, tan poco presentes en su vida cotidiana y en sus problemas. ¡Si tan solo supieran qué cerca estamos!


Pero volvamos a la historia. Mi vida, que estuvo llena de altibajos, fue en realidad la vida del encuentro de muchas experiencias anteriores  y de vidas pasadas, fue sin duda una vida muy intensa. Pero la parte que hoy quiero contarles es mucho más simple, es la historia de mi nombre, de cómo fue que me convertí en Marit.


Verán, cuando yo finalmente entré al grupo de Yeshua y me uní a los apóstoles y a decir verdad, a un grupo enorme de personas que lo seguíamos, me apodaron “Marit”. No fui la única con un apodo, como sabrán, muchos tenían sobrenombres., algunos de ellos inventados por el propio Yeshua.


Marit significa algo así como “marea”, el movimiento de las mareas. Más específicamente es el viento que provoca los cambios de la marea. Un nombre muy bello en realidad, el nombre del viento…


Marit es pues un apodo, un nombre que describía a mi temperamento cambiante. Decían que yo era como las aguas del Yam; como las aguas del Mar de Galilea, que podían estar tranquilas como un espejo, en paz, suaves y dulces y de pronto convertirse en una tormenta, así, en un segundo.
Y la verdad sí que me tenían un poco de miedo porque de repente hacía estas cosas impredecibles, decía cosas irreverentes y hacía cosas aún más irreverentes. Entonces mi temperamento cambiante, móvil y no tan confiable me trajo el distintivo de “Marit”.


Y a decir verdad, en un principio, este apodo no me gustó. Me sentía juzgada. Sabía que era una burla de los íntimos respecto de esta mujer extraña que nadie comprendía y que se tomaba atributos que los escandalizaban. Por ejemplo, cuando el Maestro hablaba, se atrevía a interrumpirle. ¿Cómo era posible que alguien se atreviera a interrumpir las enseñanzas del Maestro? Y no sólo eso, las cuestionaba, las opinaba y además, ¡grande sea el Santísimo! cometía el terrible pecado de ser una mujer. ¡Ni siquiera era uno de los apóstoles!


Fui poco popular, por decir lo menos,  y me llamaban Marit porque todos pensaban que mis arrebatos locos eran como las aguas del Yam; impredecibles. Algo definitivamente no funcionaba bien en mi cabeza. Pero después, cuando pasó lo que pasó, me di cuenta de que Marit era un nombre perfecto para mí. Era mi verdadero nombre.

Con el tiempo descubrí que me encantaba ser Marit. Porque Marit es la posibilidad de ser cualquier cosa que yo quiera, en cualquier momento que yo quiera. Ser una temible leona o ser amable y dulce; sociable y dicharachera o silenciosa y retraída. Locuaz, simplona, reflexiva, profunda… Marit me describe a la perfección porque es ésta cualidad de inventarme a mí misma y reinventarme a mí misma, sin una única definición de mí.


Descubrí que el apodo me venía muy bien, que sí era Marit, que sí que tenía esta facultad cambiante y móvil. Así que en lugar de molestarme, el nombre empezó a llenarme con un perverso orgullo de mí misma. Creo que me gustaba ser este extraño personaje que cambiaba, del que nadie sabía muy bien qué esperar y que era así, singular. Marit en mi mundo, significaba el perfecto “Yo soy la que soy”. No es la imagen de la María que se ha mitificado ¿verdad?, la dulce María que está ahí en los altares y sí muchas veces inspirada en la figura de María Magdalena. Y era justo eso, esa cualidad tan poco alineada con el estatus quo, esas formas tan alejadas de lo apropiado y lo correcto, lo que fue creando ese lazo de complicidad entre nosotros, entre Yeshua y yo.


Nos reíamos juntos de las reglas y de la rigidez de nuestro tiempo y poco a poco, sin pensarlo, estalló ese chispazo eléctrico de amor que surge entre un hombre y una mujer, alguien que podía ver a este maestro, a este Dios, no sólo como Maestro y no sólo como Dios, sino también como hombre. Yo era alguien que podía descubrir estas facetas y no juzgarlas, alguien que amaba toda esa otra parte que pareciera que los evangelios en las enseñanzas sagradas y en la historia en general han olvidado.


Porque Yeshua era también un hombre, un intenso hombre, un hombre apasionado, lleno de vida, de gozo, deseoso de las experiencias, que se volcaba en cada una de esas cosas como si no fuera a amanecer al día siguiente. No importa qué estuviera haciendo, no importa si estaba trabajando y trabajaba en muchas cosas. No importaba si estaba hablando, no importa si estaba caminando, no importaba si estaba en silencio, todo lo hacía con pasión y con amor y con abandono y yo sí podía ver eso y amar eso y comprender el gozo que eso era y ésa fue su más grande enseñanza para  mí.
El vivir cada experiencia como si fuera la primera vez y la última vez. Con la conciencia del regalo de la experiencia humana, de la vida en este momento. Con la conciencia, con la claridad del amor que permea todas las cosas, todos los eventos y todos los sucesos, aún los más desagradables.


Podía empezar a ver a otros que me rodeaban con la misma claridad y el mismo amor con que él los veía. Yo empezaba a darme cuenta cómo, en la a veces inmensa necedad de Pedro, había un profundo amor, o en el molesto e irritante egocentrismo de Juan había un gran amor. Cómo en cada uno de ellos había, al final del día, un gran amor.


Todos hacían lo que podían, eran hombres de su tiempo, llenos también de la pasión de aprender y de comprender. Hombres que fueron capaces de abrir su corazón a una realidad más amplia y más grande, cargando encima miles de años de sistemas de creencias y de aprendizajes.


¿Qué importaba si comprendían o no comprendían? Estaban ahí dispuestos, en amor. A veces en duda y en dolor pero siempre, siempre podía ver que las cosas no eran tan obvias, que había mucho más ahí. Que era su inconmensurable amor lo que les había unido en esa vida en torno a Yeshua y que era ese mismo amor el que los mantenía ahí, a pesar de todo. Y cuando yo empecé a ver las cosas con sus ojos, empecé a verme a mí con sus ojos.


Ese fue quizá el mayor de los retos, el que hasta el día de hoy es el mayor de los retos; observarme  a mí misma como él me observaba a mí. Es hoy, todavía un recuerdo agridulce porque verán, yo, en ese momento, sentía que no era digna de ese amor.  Y me confundía y me llenaba de tristeza y a veces me hacía correr y ocultarme.


Sí, me ocultaba días enteros entre la multitud de los seguidores y entonces claro, mi humor cambiante reverberaba con mi apodo. Entraba en un serio conflicto conmigo misma y todos, de una forma u otra, sufrían por ello. Parece simple ¿no?, aceptar el amor. Pero no lo era. ¿Cómo era posible que me viera hermosa, perfecta? ¿Cómo era posible que admirara mis locuras, que se llenara de risa y gozo porque podía interrumpir un discurso a medio discurso?


Que amara mis cambios de humor y mi actitud que en otro grupo me hubieran conseguido ser apedreada. Mi poca vergüenza para retar a los hombres y decirles no, si no quería hacer algo y de expresar mi voluntad e incluso pelear por ello, algo más que un poco, con todos estos recios judíos que le rodeaban. Créanme, en cualquier otro lugar eso me hubiera costado muy caro, no con él. Y él no lo veía mal ni me juzgaba por eso y yo podía entenderlo, pero ¿qué me amara por eso? Eso me rebasaba, eso sí era difícil de aceptar.


Descubrí que amarle era sencillo y que amar a otros porque él los amaba era sencillo. Aprendí que pasar por alto los defectos y las formas y los comportamientos de otros podía ser fácil, porque él lo hacía y yo podía hacerlo también. Pero cuando sus ojos me veían, yo no sabía qué hacer con ese amor. Era demasiado, porque, verán, yo no era digna. Yo no era así de perfecta. No era posible que éste ser maravilloso me mirara a mí con amor.


Y deben saber que no es que su mirada fuera distinta de la que usaba con otros. Creo que eso es importante, su mirada era esa misma mirada de amor y de ternura que tan fácilmente regalaba a todo el mundo. Pero cuando estaba dirigida a  ellos, yo la podía entender y podía ajustar mis anteojos a sus ojos y podía mirar con sus ojos. Porque él tenía esta habilidad de crear estos maravillosos ambientes de Shalom; de paz. Era fácil adecuarse y observar igual que observaba él y empezar a descubrir, casi como una sorpresa, la belleza que él veía en donde yo antes sólo había visto horror o fealdad o egoísmo o dureza o necedad.


Pero cuando él volteaba y me observaba a mí, yo no podía comprenderlo. Eran los ojos de un Dios, de un padre, de un hermano, de un amante, de un hombre, todo eso junto. ¿Cómo podía mirarme así?


De todas las cosas que pasaron, de todas las cosas que vivimos y experimentamos juntos, ésa fue sin duda alguna la más difícil. Curioso ¿no? ¿Por qué es tan difícil recibir amor? Un amor así no te da cuartel, un amor así no te deja un lugar dónde esconderte porque un amor así te revela quien eres.


Es cierto, nos conocemos a través de los otros. Nos vemos en los ojos de los demás y nos reconocemos gracias a los ojos de los demás. Pero a veces, nublados por nuestro propio juicio, no podemos ver lo que  hay en esos otros ojos que nos ven de vuelta. Excepto, claro, si estás frente a los ojos de Yeshua Ben Joseph. Porque sus ojos no se dejan engañar por ningunos otros. Porque él no permitía que tus juicios se interpusieran en su mirada. Porque él no jugaba el juego del servicio; no hacía eco con nada que le mandaras.


No importaba si lo que tú estabas pensando es que eras indigno o tonto o pecador o lo que fuera. Él no jugaba el juego, no te devolvía tu propio juicio. Te miraba como eras y ante esa mirada no había nada que hacer más que rendirse. Pero aprender a permitirme, a permitirle, mirarme así no fue nada fácil. Se lo tenía un poco prohibido, creo. Él lo sabía y yo lo evitaba porque, verán, cada vez que él me miraba yo sólo podía pensar en todas las razones por las que no era digna de esa mirada. Tomó algún tiempo para que al final yo me rindiera y dejara de pelear. Poco a poco fui cediendo y pensé: “si él, que es quien es, ve lo que ve, tal vez tenga razón”. Tal vez haya algo de cierto en ello. Pero llegar a esa conclusión no fue fácil, no fue fácil.


La pista que él había dejado para mí fue Shalom. Cuando él estaba, cuando había Shalom a su alrededor, yo podía ver la belleza en cada uno y podía ver más allá de ese cuerpo y de esa personalidad y podía ver la divinidad dentro de esos hombres, en servicio y en amor. Y por un momento sabía cuánto los amaba, porque yo les amaba igual. Aunque después él se fuera y todo volviera a las discusiones y a los enfrentamientos y a todo. Que no les digan, no era todo color de rosa. Hubo muchas, muchas discusiones y muchos enfrentamientos y muchos rechazos. No se dejen llevar por las historias.


Pero volviendo a lo que decía, un día pensé; “si cuando él mira así a otro, yo le miro igual y entiendo lo que ve, tal vez lo que él ve en mi es igualmente cierto”. Y por primera vez se sembró en mí la posibilidad de que tal vez yo sí era digna, que había en mi aquello que él veía. Y por supuesto entonces pasé a la siguiente etapa: a partir de ese momento traté desesperadamente de ser aquello que él veía y me esforcé todos los días constantemente contra “Marit”, contra mis cambios de humor y de personalidad. Luché y luché y luché en la búsqueda de convertirme en el ser que él veía. Trataba de emularlo para ser digna.


Y un día él vino y me dijo; “deja de luchar, deja de intentar, ríndete”. Y yo no entendí, por supuesto. Tal vez él quería decir que yo no tenía remedio y por eso tenía que rendirme. No había nada qué hacer, seguiría siendo sólo Marit. Tal vez la perfección estaba tan lejos de mí que sería mejor no intentarlo o tal vez en mi lucha lo estaba haciendo todo mal. Y yo seguía en la duda, ¿qué estoy haciendo mal? Y  le pregunté, Maestro ¿qué estoy haciendo mal? Y su respuesta fue: “nada Marit, pero sigues tratando de ser alguien que no eres, buscas la perfección cuando ya eres digna y hermosa y perfecta”.


Nunca nadie me había llamado así en mi vida. Nunca nadie me había llamado “hermosa y perfecta”. Desde que nací fui llamada pecadora, indigna, imperfecta. Merecedora tan sólo de castigo y rechazo. Señalada y abusada y también claro, abusadora de otros. Aprendí a jugar bien ese juego. Nunca nadie me había dicho que era como una reina disfrazada. Esas fueron sus palabras; una “reina disfrazada”. Por primera vez supe, sentí, por un momento, que sí era digna de ese amor y que seguir intentando sólo nublaba mi comprensión de esto, que seguir luchando solo me alejaba más de esa dignidad, de esa belleza y de esa perfección.


Así que hice exactamente lo que él me dijo; me rendí y acepté. Y por primera vez en mucho tiempo le di permiso de mirarme. Nunca lo hablamos, pero él  sabía y yo sabía que antes no tenía mi permiso para hacerlo y él lo honraba; jamás me miraba. Pero ahora yo quería que mirara, así como miraba a los otros. Le estaba dando permiso y él lo supo porque después de eso, nunca jamás realmente apartó su mirada de mí. Ahora yo finalmente aceptaba lo que él daba.  Antes sencillamente no podía porque yo no me veía a mí misma como alguien que mereciera ese amor.


Y al principio yo tenía mis dudas, por supuesto. Él era tan grande, tan bueno, tan amoroso, era su naturaleza…, pero cuando menos yo me había dado permiso de aceptar que podía ser amada. Y a la luz de ese amor fui descubriendo yo también lo que él veía en mí, como descubrí lo que él veía en ustedes. Pude ver, con mis ojos, lo que él vio en mí y pude enamorarme de eso. Fue así que descubrí que me encantaba ser “Marit”, la marea, la cambiante. Las posibilidades creativas de la marea eran perfectas para mí. Podía ser todo lo que yo quisiera y descubrí que justo en ese movimiento estaban la pasión y la vida y quien yo era. Y me di cuenta que eso no era malo, que era perfecto. Que no tenía que ser dócil para ser perfecta y no tenía que ser obediente para ser perfecta y no tenía que estar calladita para ser perfecta y que no me importaba si bailar o no, o meterme y bañarme en las aguas cuando me diera la gana y salir empapada era correcto o no y si estar siempre entre hombres era bueno, malo o no. Era yo y no me importaba nadie más. No porque no fueran importantes, todos eran importantes. Sino porque mi opinión y mi ser y mi deseo eran lo más importante. Ser yo no tenía que ofender a nadie porque ya no me ofendía a mí.


Y viví algo que jamás había vivido; me acepté. Me vi, no como pecadora, no como alguien que debe ser rechazado, no como imprudente, no como desobediente, no con un dedo flamígero diciendo “estás mal”. Por primera vez me vi y vi perfección, y me reí y me reí de mí misma y de mi un poco silvestre actitud ante la vida y pensé: “ese desenfado, esa desfachatez, esa irreverencia es maravillosa y perfecta y digna” y me vi como un balde de agua fresca entre estos rígidos judíos que me rodeaban y supe por qué me amaba.


Me permití aceptar ese amor y ese amor abrió la puerta del amor a mí y después del amor a él. No es que yo no le amara antes, es que yo no sabía amarlo como él me amaba: con compasión, incondicionalmente; en Shalom.


Yeshua no necesitaba a nadie en los términos que los humanos comprenden hoy cuando se refieren al amor. Su amor no era un amor que exigiera nada a cambio o que necesitara siquiera la presencia del ser amado. Pero amaba con desenfreno, con pasión y con deseo. Qué diferentes cosas son el deseo y la necesidad, piénsenlo.


Y fue porque amé, porque me amé, que finalmente pudimos encontrarnos. Antes de eso, era distante, había una pared entre nosotros, invisible, porque yo no podía recibir lo que él ofrecía. Hasta que me empecé a amar pude amar igual. Hasta que me vi con amor, con ese amor, le pude devolver lo que él daba a diestra y siniestra, todo el tiempo: el amor.


Porque verán, la mayoría le daban reverencia, respeto y admiración, le devolvían necesidad, cuando él ofrecía amor le pedían: “resuélveme, ¡oh, tú Yeshua! Maestro, resuelve esto para mí”. Le devolvían atenciones y adoración pero casi nadie podía devolverle sencillamente amor. Cuando lo vi como él me vió, yo dejé de necesitarle. Nunca más lo necesité aunque le deseaba. Nunca más le pedí nada, aunque me daba todo, porque yo ya no necesitaba nada. Por primera vez nos vimos de igual a igual.


Verdaderamente nadie nunca le había devuelto, amor, ese amor. Tardarían muchos cientos de años en comprenderlo, en regalarse el amor. Porque todos ustedes habían nacido y siguieron naciendo, vida tras vida, bajo el estigma del no digno, del pecador. Porque verán querida familia, hemos visto a esta humanidad tratar de encontrar la sabiduría, la divinidad, el amor y el por qué. Les hemos visto tratar de revelar los misterios del otro lado del velo, partiendo de la base equivocada.

Partiendo del sentimiento de que están mal, de que son pecadores, indignos, que no merecen. Y por ello tienen que luchar para merecer y pelear para ser dignos y seguirlo intentando porque no importa cuánto luchen, el paradigma es que nunca llegarán a ser eso a lo que tanto aspiran.


Es una lucha perdida ¿lo ven?, perdida. No  hay manera de ganar una lucha hacia la perfección. Mi primera lección de amor es pues, muy sencilla: ríndete, deja de pelar contigo mismo.

Ríndete porque así, tal y como eres hoy; con todo lo que has sido, con todo lo que has hecho, con todo lo que has pensado y sentido, ya eres genuinamente digno.
Deja de luchar y ríndete ¿puedes hacer eso?


Shalom, les dejo en los brazos de la paz y del amor.  
Shalom.

Febrero 08, 2014